
Extremoduro - Última generación








Se habían sentado en las escaleras unas compañeras y ella para comer el almuerzo tranquilamente. Bocado a bocado, con el sandwichito en su manita (con el meñique estirado por encima del resto de dedos), concentraba su mirada en el suelo del pasillo. Veía un desfile aleatorio de Converse. Al rato de estar viendo zapatillas de aquí para allá, su cerebro se puso a funcionar (al rato). Las Converse estaban de moda, de eso no cabía duda. Habían resurgido como uno de los símbolos de moda de una "minoria". Parecía que en principio imprimían una gran personalidad, incluso la variedad de modelos, con sus colores y sus texturas diversos, sus temas con cómics, graffittis, música... ofrecían una calidad de elección personalizada encomiable. Se habían convertido en sello identitario de multitud de individuos. Una gran moda de la minoria.
Pero con mayor amplitud de vista creía poder distinguir la esencia de esta moda, de toda moda. Lo importante era llevar unas Converse. No porque ese objeto le definiera a uno mismo, a sus gustos, sinó porque representaba sus gustos y, por tanto, a uno mismo. Eso era la moda; no tenía ni porque gustar, pero producía una sensación artificial muy parecida, sustitutiba. Sobraba con convencer a la gente de lo que se suponía que representa, o sea, a ti. O a todos, que era lo mismo. Al fin y al cabo, un negocio.
Después estaba aquel grupo de recalzitrantes personajillos, los "primeros" en llevarlas, esa especie de ideólogos de autenticidad registrada, que al final se asquearían de su propia moda, rota su "esencia inicial", y se irían a retro-modernear, por ejemplo, la Reebok Classic o las bermudas.
No se fiaba un pelo de lo que su cerebro pensante le decía. Ella llevaba unas Converse, heredadas de su hermano mayor. Unas Converse y encima de un hermano mayor. ¡Y guapo! Lo importante es que ella se sentía feliz con las botas. Era como entrar a Bherska y no salir de manos vacías. Era para cagarse y no limpiarse. Insertada en la sociedad se podría decir.
RATM - Beautiful world

En los jardines de detrás de la facultad de Psicología había una especie de escondrijo urdido por porreros. Tres o cuatro árboles en corro cuyas ramas poderosas salían directamente del suelo y se deslizaban paralelamente a éste a la altura de una mesilla de noche. Utilizaban estos árboles para sentarse o recostarse en sus ramas mientras dejaban correr un poco el tiempo.
Con la palabra completa, sólo se le podía añadir algún acento que sublimase el colocón de “soma”. Por allí andaban la agitada protagonista y una amiga suya, fumándose un buen porro recostadas en una de las ramas, recordando lejana e incrédulamente el pánico en el vestuario.
Para ver con cierta claridad qué sucedía en ésta arboleda la gente tenía que agachar un poco su giba. Eso le daba un cierto aire de burbuja aisladora. ¿Quién era lo suficiente curioso o entrometido para asomar su jeta? "Nadie", le decía su amiga. Las mochilas estaban en el suelo, avisando de que el lugar estaba ocupado, la convencía.
Aquella tarde tuvo una bienvenida oportunidad de prolongar "su mundo feliz". Un poco más de “soma”, un acento, una diéresis. Tenía el ratón en su mano derecha y a la izquierda sobre la mesa había un cenicero y dos porros de hierba entre los dedos, ya liados. No había nadie en su piso (compartido) y tardarían en volver. Tenía la persiana bajada. Hacía un buen rato que había aburrido el Messenger y se dedicaba a buscar palabras que le venían a la mente en un buscador y a sorprenderse con los resultados. Cada vez tenía la mano derecha, la del ratón, más fría, helada, más muerta. No lo entendía. ¡Si de las dos manos esa era la que más movía! Un poco de ejercicio abriendo y cerrando la mano podría ayudar. Se encendió un porro y dio una calada profunda que le llenó hasta los pezones. Y entonces comprendió para que servía una mano derecha helada, con el dedo medio congelado. Colocón y placer. Colocón de placer.
Por la noche ya, los efectos del “soma” empezaban a disolverse por el aguarrás de la realidad. No es que dejara de ser feliz, sino que pasaba a ser feliz a otro nivel (inferior, por supuesto), el de desear algo que no podría ser. Mal de tontos...
Sentada en la cama para poder ponerse el pijama sin recostar los pies sobre el gélido piso, como casi todas las noches, se imaginaba que la cama era una balsa en mitad del océano a la que se aferraba después de un naufragio. O que cruzaba en lancha el Amazonas y no podía sacar los pies por la borda porque se los morderían las pirañas.
Otra vez ya arropadita, después de todo un día, se tapaba enterita con el nórdico, hasta la cabeza. Y se imaginaba que había quedado sepultada bajo las ruinas de un caserón molido a bombas, en una guerra cualquiera y que esperaba inmóvil su final. O que, huyendo de un soldado enemigo, se camuflaba entre unos sacos de patatas vacíos y el soldado pasaba a su lado pero no la veía.
Y empezó a desear algo que no podría ser. Era otro de sus castigos diarios. Se imaginó que era la bajista de los Pixies. Y que aquel chico de su clase del que siempre había estado enamorada era el cantante. Y estaban tocando en una casa, con gente conocida. Y ella cantaba emocionadísima Gigantic. Y al acabar la canción se morreaba guarramente con su amor de la infancia. Y el público aclamaba.
A la mañana siguiente se levantó de la cama sin sentir que ese día iba a ser especial, ni sintiéndose más feliz o más optimista de lo habitual, ni con un sol radiante y una temperatura exquisita, ni con la mirada firme y resuelta, ni con el convencimiento que un gran cambio se avecinaría. Ni siquiera con un temor premonitorio, ni con un estado enfermizo, ni con el pie izquierdo, ni con un día nublado y lluvioso, ni con su equipo del alma en descenso, ni con cero sms contestados.
Pixies - Gigantic




