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diumenge, 12 d’octubre del 2008

Reedició XIV: LA NATURALESA EN SENSACIONS


És una passada viure amb tanta naturalesa, la bellesa de les muntanyes, la brisa pura, el silenci de la natura viva, la foscor fosca, les estreles lluentes i un fred i una calor acollidores. Caminar sobre la sorra, sobre l'herba, olorar el romer, el timó, el cantahueso... sentir la pluja vidriosa i el sol apaivagador, el vent esmolador i la nit regeneradora. Si haig de definir la pau amb sensacions, aquesta és la meua definició d'avui.



Extremoduro - Última generación

Reedició XIII: CAMINAR Y PENSAR


Si tuviera que empezar de alguna manera, empezaría caminando:

Le gustaba seguir los pasos de la gente con la mirada. Caminar a unos diez metros con los ojos puestos en los pies de alguien. Una condición imprescindible para enamorarse de una chica era que le gustara su forma de caminar. Los pies no tenían que ser planos ni valgos. No debían golpear el suelo con fuerza, ni exagerar el contacto de la punta y/o el talón con el suelo. Le gustaba una forma pendular de caminar, con un leve balanceo de cadera, con una cadencia regular al andar y los brazos acompañando suavemente.

Recordaba cuando caminaba evitando pisar las líneas de la acera. Cuando se cansaba, canviaba y entonces debía pisar siempre y al menos una línea cada dos pasos. Caminaba mirándose los pies y acababa fijándose en su estilo de andar. Entonces miraba su reflejo en los escaparates para comparar lo distinto que puede parecer un andar según la perspectiva con que se mire. Cuando miraba hacia abajo para verse los pies parecía que más que andar, corría. En canvio, el escaparate mostraba unos andares más pausados.

Otra cuestión que le asaltaba al mirarse el gambeteo en los escaparates era si así es cómo andaba un zurdo. ¿Camina distinto un zurdo? Suponía que esta pregunta tenía más sentido cuando se observaba tocando la guitarra delante de un espejo. O cuando se lavaba los dientes delante del espejo del baño. O cuando se peinaba. Etc. Después de pensar un poco en esto le volvía a asaltar otra inquietud que posiblemente le perturbaba un poco más que la anterior. En el espejo no veía su cara. ¡Tenía una imagen distorsionada de él! Veía su cara pero puesta del revés. Lo de la derecha a la izquierda y lo de la izquierda a la derecha (y mucho más). Pensava en que la realidad era un poco como el reflejo de un espejo. Si no la observas con detalle no te das cuenta de que es distinta de como creías. Se esconde y disimula muy bien.

Llegado a este punto le asomaba una especie de vértigo, como si se diera cuenta que había escarbado mucho en el pensamiento y pudiera surgir de él algo que no comprendiera y que le angustiase. Por eso acababa pensando que no tenía una imagen de él distorsionada pues se había visto cientos de veces en fotos. Y las fotos no están del revés. Punto y final.



Extremoduro - Posado en un nenúfar

Reedició XII: RESACA


Empiezo a notar un leve cosquilleo en una mano,
un suave crepitar de mi mus de yogur caducado,
no intento pensar en historias que pasaron antaño,
sólo liberar mi mente de su maldito candado.

Me persiguen las náuseas no logro alcanzar el rellano,
me invaden sensaciones de miedo y asco en el baño,
me atormentan pesadillas de villanos, trolls y enanos,
somos como ovejas vomitantes que huyen del rebaño.



Incubus - Vitamin (Live at Lollapalooza)

Reedició XI: NO UNA NOCHE CUALQUIERA, SINÓ OTRA


Era una noche de piedras plateadas y rayas sin pintar,
en tu cielo vi una nébula que subía y bajaba sin parar,
formando a su paso destellos y sombras que deseaban expirar,
al final de tus rizos, de esos toboganes que fluían en espiral.

El tiempo se volvió añejo y senil de tanto esperar,
saltamos del presente al pasado y aún muchísimo más,
conocimos lugares y fenómenos que no se pueden explicar,
descubriendo que el nirvana no se sirve en copas de cristal.

Era una noche de terrestres pisando suavemente el suelo lunar,
en tu cielo las nubes descargaban ciertas drogas sin adulterar,
me cogiste de la mano tan fuerte que ni pude rechistar,
y nos pasamos toda la velada saltando de manjar en manjar.

Reedició X: PESADILLAS


Cuando estoy enamorado, pesadillas.

Visiones con sudores y horizontes sangrientos,
ceniceros apagados de regueros de colillas,
sueños horneados con espasmos violentos,
cuerpos deformados atrapados en rejillas.

Pero...

mil tarros destapados conservando mil momentos
aparecen derrepente recorriendo unas mil millas,
tropezamos mil y pico en mil sucios monumentos
que dejamos en tus manos reposando en mil camillas.

-No me hables, no me escuches, no me oigas los lamentos
que he luchado por traerme hasta mi tus pesadillas-

dissabte, 11 d’octubre del 2008

Reedició IX: ESTUPIDEZ


ESTUPIDEZ

Ella fumándose un cigarro. Una brisa límpida y gélida, una ventana abierta, acogedora luz suave de flexo, “Feliz en tu día”* y casi ella. ¿Qué significaba eso?

En su habitación, ella, o casi ella. Unos mensajes que viajaban en el aire como copos de nieve azotados. La calefacción a la máxima potencia. Y ella asomada en la ventana abierta. Una estupidez.

Llevaba puesto un abrigo y el gorro de lana tejido por su abuela. El pitillo en su mano derecha. El codo y el cenicero en la repisa. En la mesilla de noche el incienso consumiéndose al compás de su respiración, de un bajo de ritmo cavernoso. Al ritmo de sus pensamientos. Una estupidez.

Ella escupía débilmente el humo hacia la fría noche. El humo, más inteligente, daba media vuelta y entraba en la habitación calentita. Una estúpida lucha entre el frío exterior y la estufa. El humo, inteligente, chocaba contra ella, la impregnaba, la rodeaba y pasaba al interior. Y lo seguía impregnando todo. Era inteligente, impregando todo a su paso, algo que ella no podía conseguir. Impregnar. ¿Porqué fumaba? Había mil razones en el aire y sólo una que era cierta. Y no era ninguna de esas mil. Sólo era una forma de acompañar a los pensamientos. Sólo era una forma de congelarse la mano. Una estupidez.

En el cenicero dos cigarrillos tiernos muertos. Consumidos a ritmo de pensamiento. Un pensamiento plasmado en colillas y cenizas volátiles. A lo lejos, según los telediarios, nieve. Una estupidez.

Los pensamientos no cesaban, ni los segundos con sabor a horas, ni los días con sabor a época, ni los luciérnagos cigarros de la noche. Frente a su mirada estúpida de inocencia trascendental una cortina borrosa de mechones. Y señales de humo juguetonas. Y una de las noches más puras, de oscuridad capital. En la repisa su móvil. El impasible. El reclamo de una atención emanando la soledad de los "sinrespuesta". Una estupidez. Una espiral iluminada por el fuego del pitillo que amenazaba con consumirse sin suspiros de su alma estúpida.

¿Qué significaba eso?

Que al día siguiente las respuestas ya no tendrían significado. Demasiado tarde, al día siguiente, y en aquel preciso instante, su alma habría muerto un poco más. Y no por el jodido frío polar, ni por el puto alquitrán ni el maldito monóxido de carbono del tabaco, ni por el plomizo insomnio amargo y noctambular...

Una gran estupidez, que la estúpida de turno no podía evitar.

Buenas noches, estúpida. Te quiero.



*Cançó del grup Standstill.

Reedició VIII: Cap.4 -ASCENSOR-


Cap.4 -ASCENSOR-

Había comido con él en su piso. Siempre comida distinta, cada día de un lugar diferente del planeta. Había sido idea suya. Se sentía saciada pero no había comido mucho. Tal vez porque mientras comía daba tres bocados, un beso cuco a él y un trago de cerveza. Estaba clarísimo que el amor saciaba.

Bajaba sola en el ascensor. Se estaba observando en el espejo. Siempre que iba sola en un ascensor se ponía a contarle al espejo lo que le había ocurrido ese día. Era curioso, como un actor ensayando su diario en el camerino.

Se ajustó los vaqueros, de un lado a otro. La hora de la siesta había sido una gran hora. Despatarrados en el sofá, sin ni siquiera haberse movido ni un centímetro desde que habían comido, viendo la tele. En el aparador, incienso encendido desprendiendo una fina y ondulada columna de denso humo latente. En la televisión, un documental de guepardos (el animal más rápido de la sabana, y el segundo más veloz, todos lo sabemos, la gacela Thompson). En el estómago, una digestión en proceso con la consecuente acumulación sanguínea en los alrededores. En el bolso, afortunadamente a mano, un chivato, tabaco, papel, mechero y un destroyer, todo preparado para un buen colocón. Más humo en el ambiente que se ocupó de eclipsar el aroma ya de por si denso del incienso. En ellos, risitas sueltas, miraditas, risitas sueltas y el apalancón que empezaba a ser preocupante.

Pero la lívido y el frenesí de la digestión empezaron a enderezar la cosa. Un pintalabios rojo para jueguecitos anatómicos y el diapasónico ritmo de Semana Santa de sus caderas, junto con un centrifugado a cámara lenta, convirtieron la hora de la siesta en puro napalm vermellón.

Se despidió del ascensor un poco ruborizada. Le acababa de contar como se lo había montado en la hora de la siesta. ¿Y si realmente vivía alguien al otro lado de los espejos de los ascensores? ¿Estás ahí Carol Anne Freeling?

Kim Deal había estado tomándose unas copas con los otros tres del grupito. Había estado sentada donde hacía esquina el banco, abrazándose a su pierna apoyada en el borde. Había estado siguiendo con interés tenístico la discusión de dos de sus compañeros, sentados a sendos lados. Kim cruzaba la calle, silenciosa, pensativa, encogida en su abrigo de leñador. Tenía la solución al problema raíz de la discusión. La solución se llamaba Pixies, y, aunque aún no lo sabía, sujetaba en su mano el diccionario que había de coronar ésta palabra y había de erradicar cualquier discusión más. Ya en casa, puso un vinilo y se dejó caer en la cama para fumarse un pitillo mirando el techo. Y empezó a hacer aros de humo.

Y acabó por dormirse.



Elastica - 2:1

Reedició VII: Cap.3 -CONVERSE-


Cap.3 -CONVERSE-

Sobre las 7:59 de la mañana se miraba en el espejo. Se estaba observando en el espejo. Mientras, el chorro de agua, como solía pasarle con el dinero, corría entre sus manos. A las 8 en punto el despertador hacía sonar la alarma, ese pitido afilado de ritmo progresivo. Rápidamente sacó las manos del chorro y salió corriendo del encuadre del espejo donde quedó reflejada su cara de sueño y sus últimas ensoñaciones. De nuevo frentre a su rostro, y volviéndose a observar minuciosamente, se preguntaba porque siempre se le olvidaba desconectar el jodido despertador. Lavarse la cara, peinarse, vestirse, desayunar y tantas otras tareas que hacía al despertarse no eran olvidadas con tanta frecuencia. Otra vez puso las manos bajo el chorro.

Se habían sentado en las escaleras unas compañeras y ella para comer el almuerzo tranquilamente. Bocado a bocado, con el sandwichito en su manita (con el meñique estirado por encima del resto de dedos), concentraba su mirada en el suelo del pasillo. Veía un desfile aleatorio de Converse. Al rato de estar viendo zapatillas de aquí para allá, su cerebro se puso a funcionar (al rato). Las Converse estaban de moda, de eso no cabía duda. Habían resurgido como uno de los símbolos de moda de una "minoria". Parecía que en principio imprimían una gran personalidad, incluso la variedad de modelos, con sus colores y sus texturas diversos, sus temas con cómics, graffittis, música... ofrecían una calidad de elección personalizada encomiable. Se habían convertido en sello identitario de multitud de individuos. Una gran moda de la minoria.

Pero con mayor amplitud de vista creía poder distinguir la esencia de esta moda, de toda moda. Lo importante era llevar unas Converse. No porque ese objeto le definiera a uno mismo, a sus gustos, sinó porque representaba sus gustos y, por tanto, a uno mismo. Eso era la moda; no tenía ni porque gustar, pero producía una sensación artificial muy parecida, sustitutiba. Sobraba con convencer a la gente de lo que se suponía que representa, o sea, a ti. O a todos, que era lo mismo. Al fin y al cabo, un negocio.

Después estaba aquel grupo de recalzitrantes personajillos, los "primeros" en llevarlas, esa especie de ideólogos de autenticidad registrada, que al final se asquearían de su propia moda, rota su "esencia inicial", y se irían a retro-modernear, por ejemplo, la Reebok Classic o las bermudas.

No se fiaba un pelo de lo que su cerebro pensante le decía. Ella llevaba unas Converse, heredadas de su hermano mayor. Unas Converse y encima de un hermano mayor. ¡Y guapo! Lo importante es que ella se sentía feliz con las botas. Era como entrar a Bherska y no salir de manos vacías. Era para cagarse y no limpiarse. Insertada en la sociedad se podría decir.



RATM - Beautiful world

Reedició VI: Cap.2 -GIGANTIC-



Cap.2 -GIGANTIC-

En los jardines de detrás de la facultad de Psicología había una especie de escondrijo urdido por porreros. Tres o cuatro árboles en corro cuyas ramas poderosas salían directamente del suelo y se deslizaban paralelamente a éste a la altura de una mesilla de noche. Utilizaban estos árboles para sentarse o recostarse en sus ramas mientras dejaban correr un poco el tiempo.

Con la palabra completa, sólo se le podía añadir algún acento que sublimase el colocón de “soma”. Por allí andaban la agitada protagonista y una amiga suya, fumándose un buen porro recostadas en una de las ramas, recordando lejana e incrédulamente el pánico en el vestuario.

Para ver con cierta claridad qué sucedía en ésta arboleda la gente tenía que agachar un poco su giba. Eso le daba un cierto aire de burbuja aisladora. ¿Quién era lo suficiente curioso o entrometido para asomar su jeta? "Nadie", le decía su amiga. Las mochilas estaban en el suelo, avisando de que el lugar estaba ocupado, la convencía.

Aquella tarde tuvo una bienvenida oportunidad de prolongar "su mundo feliz". Un poco más de “soma”, un acento, una diéresis. Tenía el ratón en su mano derecha y a la izquierda sobre la mesa había un cenicero y dos porros de hierba entre los dedos, ya liados. No había nadie en su piso (compartido) y tardarían en volver. Tenía la persiana bajada. Hacía un buen rato que había aburrido el Messenger y se dedicaba a buscar palabras que le venían a la mente en un buscador y a sorprenderse con los resultados. Cada vez tenía la mano derecha, la del ratón, más fría, helada, más muerta. No lo entendía. ¡Si de las dos manos esa era la que más movía! Un poco de ejercicio abriendo y cerrando la mano podría ayudar. Se encendió un porro y dio una calada profunda que le llenó hasta los pezones. Y entonces comprendió para que servía una mano derecha helada, con el dedo medio congelado. Colocón y placer. Colocón de placer.

Por la noche ya, los efectos del “soma” empezaban a disolverse por el aguarrás de la realidad. No es que dejara de ser feliz, sino que pasaba a ser feliz a otro nivel (inferior, por supuesto), el de desear algo que no podría ser. Mal de tontos...

Sentada en la cama para poder ponerse el pijama sin recostar los pies sobre el gélido piso, como casi todas las noches, se imaginaba que la cama era una balsa en mitad del océano a la que se aferraba después de un naufragio. O que cruzaba en lancha el Amazonas y no podía sacar los pies por la borda porque se los morderían las pirañas.

Otra vez ya arropadita, después de todo un día, se tapaba enterita con el nórdico, hasta la cabeza. Y se imaginaba que había quedado sepultada bajo las ruinas de un caserón molido a bombas, en una guerra cualquiera y que esperaba inmóvil su final. O que, huyendo de un soldado enemigo, se camuflaba entre unos sacos de patatas vacíos y el soldado pasaba a su lado pero no la veía.

Y empezó a desear algo que no podría ser. Era otro de sus castigos diarios. Se imaginó que era la bajista de los Pixies. Y que aquel chico de su clase del que siempre había estado enamorada era el cantante. Y estaban tocando en una casa, con gente conocida. Y ella cantaba emocionadísima Gigantic. Y al acabar la canción se morreaba guarramente con su amor de la infancia. Y el público aclamaba.

A la mañana siguiente se levantó de la cama sin sentir que ese día iba a ser especial, ni sintiéndose más feliz o más optimista de lo habitual, ni con un sol radiante y una temperatura exquisita, ni con la mirada firme y resuelta, ni con el convencimiento que un gran cambio se avecinaría. Ni siquiera con un temor premonitorio, ni con un estado enfermizo, ni con el pie izquierdo, ni con un día nublado y lluvioso, ni con su equipo del alma en descenso, ni con cero sms contestados.


Pixies - Gigantic

Reedició V: Cap.1 -HOJAS SECAS-


Cap.1 -HOJAS SECAS-

Aquella mañana se levantó de la cama sin sentir que iba a ser un día especial, ni sintiéndose más feliz o más optimista de lo habitual, ni con un sol radiante y una temperatura exquisita, ni con la mirada firme y resuelta, ni con el convencimiento de que un gran cambio se avecinaría. Ni siquiera con un temor premonitorio, ni con un estado enfermizo, ni con el pie izquierdo, ni con un día nublado y lluvioso, ni con su equipo del alma en descenso, ni con cero "sms" contestados.

Había estado durmiendo en la cama, arropadita. Los pies helados, eso sí. Había despertado progresivamente. Primero, durmiendo profundamente, con el tiempo corriendo a su ritmo habitual y la mente aún sin cuerpo, sin poder proyectar su sombra en el inconsciente. Segundo con un sueño aparcado en batería sustituyendo su realidad. Tercero con el sueño empezando a sustentarse sobre una liviana cuerda de funambulista para no precipitarse sobre la realidad. Por último, habiéndose despertado de un empujoncito imperceptible (como el que condenó a Fry a vivir en el futuro) sin apenas recordar ese sueño en que aquel chico de su clase, en el colegio, del que nunca había dejado de estar enamorada, estaba liado con ella.

El despertador no había sonado. Categóricamente se despertaba antes que eso ocurriera, hecho que le solía producir un grave malestar. No miraba el reloj e intentaba volverse a dormir. Pero era angustioso saber que de un momento a otro la alarma podía sonar. Al cabo de un rato miraba con desespero la hora, que rigurosamente marcaba menos cinco. Era uno de sus castigos diarios.

Salió a la calle y fue como el frío cuando se sentaba en el váter inmediatamente después de tirar de la cadena; una ráfaga de aire helado le abofeteaba la cara. Se subió la cremallera de la sudadera hasta la nariz y empezó a caminar. Tenía los pies helados y la nariz enrojecida.

A medio día toda la descompensación en su cuerpo-alma se había esfumado. El viaje de Chichiro había sido olvidado y la temperatura corporal hacía muchas horas que era de 37º y constante. Su dosis de “soma” seguían haciendo efecto. A falta de codeina, vicodine o mescalina, la marihuana tenía la mitad de la palabra en "su mundo feliz".

La otra mitad de la palabra se había escrito a media mañana en el vestuario femenino del Pavellón Sur de la facultad. Un instante de pánico estuvo a punto de arruinar "su mundo feliz". Él le estaba peinando, como el rastrillo las hojas secas, el vello púbico. La focalización de sus pensamientos en la eterna alopecia de sus peludos bajos casi sumió aquella situación en un corte de rollo considerable. Él le había preguntado que qué ocurría, y ella, con el pánico evaporándose en su respiración entrecortada, repitiendo patéticamente que nada, nada, nada... Al final uno de esos polvos que brillan más por el riesgo de acabar en el recogedor que por su duración. Para bien, había dejado en ella una sonrisa idiota, de demente, que le iba como anillo al dedo.



Pavement - Summer babe (winter version)

Reedició IV: ¿JUGARÁS TUS CARTAS?


La vida ya no tenía sentido para él.

Sabía que la única solución que le quedaba era el suicidio.

Pero siempre había alguna nimiedad que le aferraba a la vida, un hálito de esperanza refrita que le impedía ser feliz, o por lo menos, no ser infeliz.

Por eso deseaba fervientemente que algún día, así, sin más, le golpearan brutalmente en la cabeza.

Con algo duro.

Una bola de billar.

O una barra de hierro, quizá.

Pero eso significaba dejarlo en manos de la suerte.

Y ya se sabe, la suerte es muy caprichosa.

Puedes quedarte esperando toda una vida a que tu deseo se vea cumplido.




¿Jugarás tus cartas?





The Doors - The end

Reedició III: ASFIXIA, Chuck Palahniuk


“...cuando un perro chico y un perro chica copulan, el glande del chico se infla y los músculos vaginales de la chica se contraen. Incluso acabado el sexo, los dos perros permanecen entrelazados, impotentes y tristes durante un periodo breve de tiempo.

La mamaíta dijo que aquella misma situación describía a la mayor parte de los matrimonios.”

Reedició II: DISPARAME, MI “YO” ESTÁ A BOCA DE CAÑÓN


DISPARAME, MI “YO” ESTÁ A BOCA DE CAÑÓN

The smashing pumpkins - Today

Tengo la sensación de que sólo existo yo. Miro a mi alrededor y todo me parece artificial, creado improvisadamente de forma chapucera. Y “ellos” lo saben e intentan que no interactue con el mundo, no quieren que descubra la verdad. Que soy como un conejillo de indias al que han metido en una jaula por alguna razón que desconozco. Lo único que sé es que todo lo que no he probado, todo lo que no he visto, he oido, he sentido, he saboreado... no existe. Todas estas cosas son como bocetos, maquetas, borradores, ideas... que mientras yo no les preste interés “ellos” no las harán reales para mí. Pero reales en la medida de darles un sentido en que yo no sospeche de su artificialidad. Es un poco “El show de Truman”.

Siento como si me vigilaran, preveendo lo que voy a hacer, lo que voy a querer. Como si tuvieran un guión sobre mi. Y ese es su fallo, porque no pueden entrar en mi mente. Porque llegó un día en que estuve harto de ese guión, de esa rutina y hice algo inesperado, algo con lo que no contaban. Y los vi a “ellos”, detrás de la falsa pared del ascensor, con sus micros, sus auriculares, sus trajes con cinturón, sus camisas a rayas y sus peinados engominados, y su hedor a café de máquina.

-¿Quién coño eres tú? ¿Porqué estás aquí? ¿Qué quieres de mi?-

Comienzo a pensar que la gente que se relaciona conmigo son farsantes, los farsantes más farsantes de todos, que tienen la misión de conducirme por su camino. Hay veces que incluso dudo de la gente más cercana a mi, esa gente que se supone que nos une un lazo afectivo natural, sin esfuerzo, fuera de intereses. Y dudo porque muchas veces han sido ellos quienes me han influido en ese giro copernicano inesperado. ¿No me estarán conduciendo donde “ellos” quieren? No lo sé. A lo mejor me equivoco y simplemente son alguna especie de Óraculo, igualmente artificiales, extrañamente amigos.

Todo esto me lleva a una situación con una salida clara, pero inevitablemente evasiva desde el punto de vista del instinto de la supervivencia. ¿Vale la pena vivir una vida en un mundo que sé que es articial, que tiene sentido global pero no tiene sentido para mi? ¿Qué importa mi carrera si es una mentira? ¿Qué importan mis amigos si son mentira? ¿Qué importa mi vida si todo es mentira, aunque yo sea real (pues no tengo suficiente con ser sólo yo)? ¿Y si yo tampoco soy real, si sólo soy un lunar en la indodermis? Pero, un momento. ¿Y si estoy completamente equivocado y todo es real, que todo lo que he paranoizado sólo existe en mis sensaciones, percepción e interpretación del mundo? Tal vez pueda replantear la pregunta: ¿Vale la pena vivir una vida en un mundo que me es articial (aunque sólo sea ante mis ojos)?

At the drive-in – Metronome arthritis

Reedició I: LLADRES D'IDEES (i la prescindibilitat de les paraules)


LLADRES D'IDEES (i la prescindibilitat de les paraules)

Hi havia una vegada una persona que parlava només per dir el que era imprescindible. Solia apropar-se l'últim als corros en que les seues amistats conversaven. Em vaig fixar que quan s'acostava sempre portava un 5 % d'esperança a la cara. Era una comisura dels llabis més alta que l'altra; imperceptible. Es parava quiet, amb la cara contreta d'atenció. Només movia els ulls buscant l'interlocutor i els seus possibles substituts en la conversa. Però sempre es cansava de la xerrameca i la seua cara es tornava apàtica, amb una mirada perduda i desinteressada. Si algú li preguntava sempre contestava d'una manera prefixada i evassiva: “No tinc res a dir”, “Opine el mateix que tu (o que fulano o mengano)” o “Ja està tot dit”. Pareixia una persona que no tenia la necessitat tant humana (en aquesta etapa que ens toca viure) de parlar per parlar. En canvi, quasi cada nit, gitat al llit i mentre escoltava música, escribia i escribia al seu bloc. Jo pense que el que escribia no diferia massa del que deia la gent quan conversava. Però ell, que no li havia mostrat mai els seus escrits a ningú, el que escrivia, pose la mà en el foc, era únicament per a ell i només tenia sentit per a ell encara que ja haguera estat dit o escrit.

Malgrat això un dia tot va canviar. Va dir la paraula “amor”. Així va conéixer la utilitat pràctica de la prescindibilitat de les paraules dites. Va experimentar que la seua vida, encara que ja haguera estat viscuda, valia la pena repetir-la, que encara que el que deia ja havia sigut dit, valia la pena dir-ho...

Però un altre dia tot va tornar a canviar i la paraula “amor” va desaparéixer de la seua boca i allò imprescindible es va tornar “res”.

Fins que un dia va dir “adéu” sense acomiadarse quan ja feia com a mínim 20 anys que era aquí.